Dioses De Juguete

Las cuatro paredes estaban cubiertas de ceniza, roja y brillante ceniza. Esta habitación, al igual que todas las otras, era un completo desastre. De la paz solo quedaban recuerdos, dolorosos y silenciosos recuerdos que nos torturaban sin cesar, A mí se me notaba en la cara, tenía una expresión de miedo mezclada con emoción, no terminaba de creer lo que habíamos hecho. Fuera de la casa aún se escuchaban murmullos y sirenas en la distancia. Vienen por nosotros, pregunte a mi hermana. No creo, este barrio es peligroso, seguro están de paso. Voy a creerte, la última vez que lo hice nos salvó la vida, respondí aliviado. Estábamos sentados en la mitad del dormitorio, mirando ambos un cuadro de una familia. Extrañas eso, pregunto mi hermana. Una familia, conteste con otra pregunta. Si, en casa nos deben extrañar. No estaríamos aquí si fuera así, susurré con un poco de impotencia. Las sirenas se acercaban cada vez más. Los murmullos se habían detenido ya, el ambiente vestía un hermoso traje color silencio. Se me ocurrió recorrer la casa para pasar el tiempo, mi hermana decidió no acompañarme, sus tobillos y muñecas aún estaban muy débiles. Las cuerdas todavía olían a quemado, y los ojos de los fantasmas estaban tan blancos como la nieve de una mañana de invierno. Me pregunte qué pensarían nuestros padre de todo esto, pero trataba de evitar pensar en ellos. Escuchas eso, grito mi hermana desde el dormitorio. Lo escuchaba, pasos, muchos de ellos, marchaban en una terrorífica sinfonía. Los siguientes momentos pasaron demasiado lentos frente a mis ojos. Los vi tomarnos a mí y a mi hermana por la fuerza. Los vi metiéndonos a la fuerza en su vehículo color mar. Los escuche gritar a un teléfono que nos habían encontrado, y creo haber escuchado el llanto de mi madre, pero tal vez fue solo mi imaginación. A medida que nos alejábamos de nuestro hogar por la última semana, mis ojos se cerraban cada vez más y más, acompañando mi cansancio físico con mi fatiga mental, necesitaba dormir un poco. Ese día soñé con una familia feliz, una casa pacifica, con mis padres mimándonos, y con muchas mentiras más. Ese día soñé.

- Fin del interrogatorio.

Capitulo 5: Puer et Revelatiom

- Corre
Al principio no reaccione. No entendía que quería decir y me quede observándolo como tratando de descifrar su mensaje. Hacerlo no me llevo mucho tiempo, a los pocos segundos de decirme eso levantó su mirada, dejando ver su pequeña y herida cara.
De improviso, el niño extendió su pequeño brazo hacia mí, y yo me acerqué a él para escuchar que tenía que decirme.
- Escúchame bien, no tienes mucho tiempo. -se podía notar el miedo en la voz y la mirada del niño- No estás aquí por accidente, Koemi planeo todo. Debes alejarte de ella lo más que puedas, es peligrosa y no dudará en dañarte si tiene la oportunidad.
- ¿Koemi? ¿La conoces? -creo que el niño noto en mi pregunta un tono de incertidumbre.
- Si, es parte de la PPCD y creo que te vio entrar en la base rebelde.
La Colonia, entonces si tenía razón, Koemi me había seguido hacia la fiesta. Pero aún tenía una duda que necesitaba resolver.
- ¿Cómo sabes que me está siguiendo?
- No estamos seguros aquí, Koemi puede llegar en cualquier momento. Sígueme, vamos a un lugar más privado.
El joven denotaba un poco de seguridad en sus palabras, y su intención parecía buena. Aunque me era difícil, por no decir imposible, confiar en extraños, ese niño parecía necesitarme, deseaba que lo acompañara, y contra la voz de mi razón decidí seguirlo.
A medida que nos alejábamos del salón de fiestas, las luces de la calle se apagaban junto con nuestros pasos, y el niño había abandonado si actitud firme y decidida por una más cercana a su edad, que rondaría los catorce años aproximadamente.
- No escuche tu nombre. ¿Cómo te llamas? -el niño parecía haber recuperado la inocencia.
- Quinzel, pero puedes llamarme Quinn.
- Me alegro de conocerte, Quinn, mi nombre es Félix.
- Y bien Félix, ¿a dónde vamos?
No me respondió, y solo se limitó a sonreír y hacerme señales para que lo siguiera. Ambos entonces emprendimos camino por las heladas y oscuras aceras de Ciudad Diamante.
Esta se veía desierta, apenas algunas personas se encontraban en la calle, posiblemente dirigiéndose a sus trabajos. El joven me adelantaba apenas unos pasos, pero aun así me costaba seguir sus giros inoportunos.
- No tienes pensado decirme a donde vamos, ¿cierto?
- No aun, espera y veras –al parecer, Félix disfrutaba verme sufrir así.
Luego de veinte minutos de silencio y tantos giros y esquinas que perdí la cuenta de donde estábamos en la ciudad, llegamos a destino, a su destino.
- Ven, entra, hasta donde se no hay nadie en casa.
Su casa estaba ubicada en las afueras de la ciudad, y era bastante pequeña, aunque parecía muy acogedora, e incluso se podía sentir una leve fragancia a humedad y miedo propia de una casa de familia rebelde. Entramos y al pasar por un par de habitaciones casi vacías, entramos al sótano contra todos mis deseos, la oscuridad aun me aterraba.
Tome asiento en un sofá tan destruido como el mismo sótano, mientras Félix cerraba la pesada puerta de madera que nos separaba del resto de la casa.
- Me sorprende la confianza que le tienes a los extraños, aun no me conoces y ya estás en mi casa –el joven parecía genuinamente sorprendido.
- Aun no te conozco, y no esta en mis planes hacerlo aun. Y confío en ti porque lograste convencerme de alejarme de Koemi. Ahora habla, ¿Qué tiene que ver ella con mi fiesta?
- Cierto, ella. Veras, ambos sabemos que es parte de la PPCD, ¿cierto?
- Lo sé –no lo sabía aun, aunque no era el momento indicado para dudar.
- Koemi planeo la sorpresa en el salón de fiestas, porque sabía que luego de acabar tu fiesta, en ese mismo lugar se reuniría una enorme cantidad de policías, en su convención semanal para discutir nuevos objetivos de bombardeo, tal vez mas casas rebeldes, y mantener conteo de la cantidad de rectificados de cada semana.
Félix vagaba por la pequeña habitación mientras relataba todo.
- ¿Y cómo sabes todo esto? Supongo que no eres miembro de la PPCD, ¿cierto?
- ¿Estarías aquí, sano y salvo en las afueras de la ciudad, si lo fuera?
- Tienes razón, continua –respetuosamente cerré mi boca.
- Como decía, planeaba hablar contigo hasta pasada la hora límite y luego capturarte junto con todos los otros policías. Malévolo, lo sé. ¿Refresco?
Mientras esbozaba una sonrisa de incredulidad, me extendía una pequeña botella de bebida.
- Uno, no gracias. Y dos, ¿Por qué sonríes?
- Bien, más para mí –suspiro, acto seguido bebiendo la mitad de la botella de un solo trago.
Lo miraba confundido, no entendía porque parecía tan feliz. No tardo en notar mi expresión de evidente incredulidad.
- Sonrío porque estás aquí, si eso responde tu pregunta. –aun no entendía, y Félix procedió con la explicación- Sonrío porque tuviste la valentía de seguir a un extraño para salvar tu vida, aun pudiendo arriesgarla incluso más, y además porque estas a salvo siempre y cuando estés junto a mí.
- ¿A qué te refieres con que siempre y cuando este junto a ti?
- Es obvio que no conoces la ciudad tanto como yo, incluso no notaste que estamos a tres calles de tu propio hogar.
¿Era cierto? ¿Cómo fui capaz de perder tanto la noción de donde estábamos?
- Se te nota sorprendido, mi buen amigo. Admito que, por aterrador que parezca, te estuve siguiendo desde que saliste de la Colonia porque sabía lo que planeaba Koemi, y lamentablemente se lo peligrosa que puede ser cuando planea algo.
- Pero, ¿Por qué? ¿Por qué te preocupaste tanto por un desconocido?
- Porque le debía un favor a Aiko.
En ese momento todas las piezas cayeron en su lugar, Félix era un resistente más, Aiko lo había enviado a seguirme.

- Siéntete orgulloso Quinn, eres parte de algo más grande ahora, más grande que cualquier cosa que te puedas imaginar. Eres un resistente.

Capítulo 4: Fun et Periculim

Pasaron dos horas hasta que el extraño que me interceptó en mi habitación me quito la bolsa de la cabeza. Para mi agradable sorpresa, mis captores no eran otros que mis familiares y amigos más cercanos, los cuales me habían preparado una fiesta sorpresa. Ah, creo que no lo aclare antes, hoy es mi cumpleaños, es mejor decirlo ahora antes de continuar con la historia.
- 17 años ya, como pasa el tiempo -dijo Cris mientras devoraba un pequeño trozo de pastel.
- Cierto, pasa muy rápido. Oye Cris, ¿era necesaria la bolsa en la cabeza? Quiero decir, podrías haberme invitado a comer algo y luego la fiesta, no era necesario que intentaras secuestrarme.
Mi raptor se rascaba la nuca a la vez que reía inocente y culpablemente. Un golpe en el hombro y una sonrisa fueron suficientes para volverlo al mundo real.
La fiesta transcurrió de forma usual, algo de pastel mal hecho por mí tía, algunas bromas pesadas relacionadas a mi falta de pareja y a mi incapacidad de reírme de un mal chiste, la típica anécdota tan increíble como falsa por parte de mi tío, y yo, una vez más, dejando a otros el lugar del centro de atención. Algunas cosas nunca cambian.
Al cabo de unas horas, la mayoría de los invitados había dejado la aburrida fiesta para continuar con sus aburridas vidas, y los únicos restantes éramos Cris, mis padres, Koemi y yo. Considerando que mis padres me avergonzaban, de nuevo, con mis dibujos de pequeño, yo tuve un poco de tiempo a solas disfrutando el paisaje desde la ventana del salón de fiestas. La vista era hermosa, pacíficamente caótica, destructiva y perfecta, se podía sentir una leve fragancia a miedo, mezclada con el olor a cuero de los trajes de policía, a pólvora y ceniza de las ruinas adyacentes al edificio, y hasta se podían oír algunos gritos de madres que clamaban por sus hijos perdidos, secuestrados por el estado, rectificados.
Rectificados -susurre, recordando a Koemi en ese salon en la escuela.
Mi espalda se heló y mis pensamientos se nublaron por unos momentos. Koemi era parte de la PPCD, o al menos eso parecía. ¿Que hacia en mi fiesta? ¿Me habrá visto entrando a la Colonia? ¿Y si piensa dañarme, o a mi familia?
Todos estas teorías nacían y morían a la vez, ninguna tenía demasiado sentido para ser cierta. Además, no parecía el muerto viviente que aparentan ser todos los policías, incluso la vi riéndose y bromeando con mis padres. ¿Estaba seguro de lo que había visto en la escuela? No lo se, pero me gustaría hacerlo.
Mientras acababa la fiesta, trataba de no pensar en el tema y concentrarme en mi mismo, al fin y al cabo era mi cumpleaños, el único día del año donde yo era el protagonista, al menos de mi propio mundo.
- Oye Quinn, tengo que irme, mis padres se deben estar volviendo locos, no les avisé que venía. -Cris gritaba desde la puerta de salida- Aunque antes de hacerlo, mejor te doy tu regalo.
- ¿Regalo? ¿Tu? Dime donde está el verdadero Crisanto que conozco, quiero hablar con el.
- Dejate de bromas o te golpeare, y además no te daré tu regalo.
Acepte su oferta y extendí ambas manos esperando su regalo. Para mi sorpresa, sí era un regalo, y bastante bueno y considerado para ser cierto. Dentro de su funda carmesí, se encontraba un pequeño violín de color blanco junto con su arco. Admito que tuve que frotar mis ojos para terminar de creer lo que veía.
- ¿Como lo supiste? Desde siempre he querido esto, ¿pero como lo supiste si nunca te lo dije?
- Soy tu mejor amigo, ¿que esperabas de mi? -no se si fue mi mirada de desconfianza o el hecho de que era mi único amigo lo que lo hizo revelar la verdad- Bueno, esta bien, tus padres me dijieron que querías esto y yo hice lo necesario para conseguirlo, y más vale que lo disfrutes, es el único de su tipo en toda la ciudad.
Luego de volver del shock en el que me encontraba, decidí abrazar de forma un poco violenta a Cris, sólo para que me alejara a los pocos segundos cuando empezó a sentir sus costillas tocándole los pulmones.
La fiesta acabo conmigo sentado en el balcón del salón de fiestas, observando toda la ciudad desde allí. Hermosa vista, un poco caótica pero con el tiempo logre acostumbrarme a las revisiones sorpresa de los policías, a las explosiones de las "casas rebeldes" (apodo que tenían los hogares donde supuestamente vivían los opositores al gobierno), a tener que estar constantemente vigilados por las cámaras de la PPCD, todo eso se vuelve usual con el tiempo, aunque no significa que sea lo correcto. Nunca nos enseñaron que era lo correcto y que no, eso no era necesario para el gobierno, al menos eso he odio por ahí. Mientras menos razonemos, mas simples de controlar somos.
Al salir fuera, el viento frío de otoño me golpeó en la cara, reprochandome el no haber traído abrigo. Incluso seguía con el uniforme escolar ya que Cris no tuvo la delicadeza de dejarme cambiar de ropa. Vague por los alrededores un poco hasta que algo captó mi atención, un pequeño niño estaba jugando solo en el parque Diamante. Lo que me extrañó no era que estuviera sólo, los padres suelen hacer eso, se sienten protegidos por la PPCD. No, no era eso. Me extraño el hecho de que eran las seis de la mañana, aún no había amanecido, y el niño tenía sus ropas casi destruidas.
Mi instinto humano me dijo que debía acercarme a él, aunque mi razón aun dudaba de las intenciones del joven.
- Oye niño, ¿estas bien? ¿necesitas ayuda?
No me dirigió la mirada, esta estaba clavada en el suelo. Sólo pude oír una sola palabra salir de su pequeña y traicionera boca.
- Corre.

El Mejor De Los Finales

Ahi estábamos todos, sentados en medio de la nada, esperando cada uno su transporte. No estaba tan oscuro en la estación, de echo el sol se empezaba a colar por entre los boquetes de la pared de atrás. A nadie excepto a mi y a la chica de cabello carmesí nos molestaba, pero romper el hermoso y lúgubre ambiente que nos rodeaba era algo que no queríamos, ni tampoco podíamos. La lluvia nos azotaba desde hace horas, aunque debo admitir que me entretenía ver las gotas de agua impactar ferozmente contra el suelo. Pasaron unas horas hasta que llegó el primer vehículo, vacío, y en el subieron creo que unas cuatro personas. Como de costumbre, no se despidieron, nadie lo hacía usualmente, se habían resignado a vivir la hermosa experiencia de sentirse especiales y olvidados. Aunque ahora que me pongo a reflexionar sobre esto, a todos nos olvidarán al final de nuestro tiempo. Tal vez sea el clima o la falta de empatia que circula en el aire lo que me hace pensar estas cosas, las cuales ocupan cada una de las páginas de mi diario, o al menos lo han hecho desde que llegué a esta ciudad. Me pregunto si me extrañarán en Esmeralda. Quiero decir, no creo que nadie me extrañe allí, no había nadie de quien despedirme cuando me fui, pero aún así siento una especie de nostalgia de cuando pienso en mi antigua vida. ¿Abandone tanto para que? A veces aún me lo pregunto, pero no se si es la mejor idea. A la voz de mi cabeza no parece disgustarle, aunque se empeña en tratar de que no lo haga. Acaba de llegar otro vehículo, esta vez se bajo una persona y subieron tres más, como de costumbre la recién llegada ocupó el primer asiento a la derecha de la puerta principal. Me causa un poco de gracia el hecho de que algunas personas estén vestidas de traje, como si les fuera a servir de algo, los pasajeros mejor vestidos no pagan menos, o al menos eso me han dicho. Finalmente, mi transporte había tocado destino, y era momento de despedirme de mis amigos. Le recomendé a mi Tristeza que se buscará un nuevo dueño, que se lo merecía. Le recordé a mi Obsesión que practicará más con el revolver, que la última vez había sido sólo suerte, y mis Recuerdos me prometieron no olvidarse nunca más de alimentar a la pequeña bestia. Por ultimo, tocaba despedirme de mi Locura. Admito que me costó hacerlo, pero al verla supe que era lo correcto irme, todos merecíamos un pequeño descanso. Sólo la mire a los ojos y la abracé fuertemente, como nunca lo había hecho. Sentí su fragancia a desesperación por última vez, y me reconfortó el hecho de su beso en mi mejilla, no espera otra cosa de ella, el romanticismo era lo suyo. Subí al vehículo y mis tres compañeros se desvanecieron en la oscuridad de la lejanía. ¿A donde lo llevo, caballero? A Casa, conteste, con una sonrisa de satisfacción, de victoria y de felicidad absoluta en los ojos.

No Me Arrepiento

Cometimos errores. Nos desviamos de la ruta. Nada de esto estaba planeado, pero aún así lo disfrutamos. Nos reímos de nuestra estupidez, quemandonos con la llama de la felicidad, brillante a la vez que mortal. Cuándo paso, aún no lo sé, pero prefiero dejarlo así. A veces, la ignorancia es nuestra más poderosa fortaleza. Nos mantiene unidos, inseparables y sintiéndonos uno solo. El romanticismo nunca fue lo nuestro, ni siquiera recordábamos el catorce de febrero, pero aún así fingimos disfrutar la trivialidad de los corazones de chocolate y las cartas cursis, riéndonos de la felicidad ajena. Aunque deteste admitirlo, eras mi mayor orgullo, te consideraba mi cima de la colina, mi objetivo final, algo a lo que mirar con admiración y esperanza. Así te miraba, deseándote a la vez que creyendo que tendría la suerte de acompañarte en la locura de la vida. A veces pienso lo cerca que estuvimos, a pasos de la paz, casi oliendo la felicidad de la mutua compañía. Lamentablemente, pisar las vías del tren no fue tu mejor idea, aunque tu carta de despedida fue tan hermosa que olvide fácilmente el dolor para reemplazar en su lugar una pequeña dosis de alegre nostalgia. Creó que fui la única persona que no te lloro, solamente te sonreí. Sonreí con la misma fuerza y sinceridad que tuve el primer día que te pensé como el milagro que fuiste para mi. Sonreí.

Capítulo 3: Chaos et Spem

La historia nos remonta al año 2018, el gobierno acababa de entablar una paz con la Unión de Obreros y los Sindicatos de Inteligencia, sus principales opositores, se había logrado salir de la crisis económica del '15, el desempleo y la pobreza se veían como palabras del pasado, y parecía que la calma reinaría en la zona por un tiempo. Lamentablemente, no teníamos idea de que ese tiempo sería tan corto.
Lo recuerdo bastante bien, el día del incidente era un día más, parecía demasiado típico por partes, pero nada de que preocuparse. En las cercanías de la Secundaria Diamante se estaba empezando a formar una manifestación de estudiantes, reclamando mejores precios en la cafetería si no estoy equivocado. Al principio era una protesta normal, con gente enojada sosteniendo carteles irónicos, y otra gente aún más enojada sosteniendo garrotes y escudos. Y luego se escuchó el balazo cero. Se llamaba Constantine Blackwell, hijo del director del colegio, y un joven rico y mimado más. Pero este joven rico y mimado era diferente, se consideraba a si mismo un anarquista, un rebelde, odiaba el control y esa manifestación era su oportunidad perfecta para demostrarlo. Con un certero disparo a uno de los policías, empezó una balacera que no se detuvo hasta que los manifestantes que no estaban muertos, estuvieran gravemente heridos. Cerca de 20 personas murieron ese día, todos inocentes. Los policías fueron destituidos de sus cargos, y Constantine durmió ese dia libre de cargos. Es increíble las cosas que puede lograr la gente rica y poderosa.
Si el desastre hubiera acabado ese día, no estaría hablándoles en este momento. El gobierno empezó un muy duro debate sobre cómo podía ser que un menor de edad tuviera un arma, y como había quedado en libertad, ya que muchos lo consideraban el principal responsable de la masacre. Una semana después, cerca de 800 personas se encontraban frente a la casa de los Blackwell, y pedían a gritos sólo una cosa, justicia.
Al cabo de un mes, los Blackwell no daban signos de tener intenciones de salir. Aquí es donde entra la Colonia en juego. Debíamos aprovechar el caos. Nosotros existiamos desde antes de este desastre, éramos un pequeño grupo que al igual que Constantine, buscábamos deshacernos de el corrupto gobierno que nos dominaba. Al enterarnos del caos que ocurría en la ciudad, decidimos crear un plan. Destruir el Ayuntamiento con bombas químicas. Lamentablemente, el plan no dio resultado ya que cuando estábamos a punto de explotar la entrada principal, la muchedumbre llegó y arruinó todos los planes. Cabe aclarar que ver a un par de civiles con armas químicas de nivel militar no fue para nada agradable, y sólo empeoró la situación.
El caos reinaba en la ciudad, la gente no paraba de pedir por una respuesta, necesitaban a un culpable, y arrasaban con todo lo que encontrarán para conseguirlo. El gobierno entonces tomo medidas desesperadas. Creó a la PPCD, la Policía Privada de Ciudad Diamante, el grupo armado personal del gobierno. Ellos se encargaban de destruir sadicamente toda luz de revolución que existiera. Todo aquel que se opusiera al estado, era o asesinado, o rectificado. Esta última opción era, en mi opinión, mucho peor que la primera. Se secuestraba a los rebeldes, se los torturaba de formas inhumanas, se los obligaba a jurarle devoción la estado, y se los unía a la PPCD. Los que sobrevivían a todo esto se volvían máquinas sin cerebro, capaces sólo de seguir instrucciones, lo que sea que sus superiores les ordenarán.
Los que se oponían a la PPCD eventualmente nos descubrieron, y nos vieron como una especie de esperanza, una luz entre la oscuridad, uan forma no tan violenta de resistir ante la opresión. Empezamos a recolectar más gente, más voluntarios, todos dispuestos a defender su libertad. Todos se revelan de forma diferente, algunos colocando bombas en colegios, otros robando información de la PPCD, pero todos con un objetivo en común, derrocar al gobierno actual.
Quien sea que este mirando esto y vea que su gobierno es corrupto de alguna forma, unasenos. Unidos, somos más fuertes. Somos la fuerza, somos la libertad, somos La Colonia.
Y eso, básicamente, es la Colonia -dijo Aiko, que acababa de entrar en la habitación- espero que decidas quedarte, pareces buena persona.
Lo pensaré, pero necesito tiempo para hacerlo. Pasa por mi en la escuela en una semana y hablaremos, ¿si? -esa era la excusa perfecta, necesitaba información que buscaría en la escuela sobre la PPCD, si quería unirme necesitaba ser útil de alguna forma.
Perfecto, nos vemos en una semana entonces. Ya sabes dónde está la salida -Aldrich decidió no acompañarme hacia ella, tal vez sea mejor.
Al salir, me esperaba una limusina blanca y un chofer esperándome dentro. Según el, sólo debía decirle mi destino y me llevaría en menos de una hora. Decidí ir directamente a mi casa, necesitaba recapacitar para elegir correctamente mi próximo movimiento.
Mis padres no estaban en casa, lo único que me dejaron fue una nota en la mesa del comedor. Volveremos en la mañana, tu padre y yo tenemos una reunión urgente en la fábrica (donde trabajaban juntos), la cena esta en la cocina, te queremos. Que cariñosos. Preferí pasar de cenar esa noche, posiblemente vomitara si lo hiciera, toda la información que recibí me dejó un asqueroso sabor en la boca. Al entrar en mi habitación, apunte mi cuerpo de un salto directo a la cama, pero al aterrizar un ruido detuvo mi descanso. Mi figura de el Gigante de Hierro había caído a suelo.
Maldita sea, se suponía que sería una sorpresa. Bueno, ya que estas aquí, ¿por que retrasarnos?
Mi corazón se detuvo un segundo.

La Voz De Mi Soledad

Una cruz. Una iglesia. Un pequeño parque con olor a juventud. Muchas caras vacías. Sueños gritando libertad. Un grito pidiendo por otra oportunidad. Cabellos movidos por una ráfaga de ruido. Autobuses llenos de excusas. Vías de tren tan vacías como un corazón en febrero. Hojas de la vida desplomándose si piedad. Dos miradas danzando erráticamente. Todo eso puedo apreciar desde la comodidad de mi caos. La ventana de mi departamento es tan grande como mi capacidad de crear historias. A mi izquierda, mi soledad, a mi derecha, mis deseos de seguir luchando, ambos pelean por mi cariño. Susurrando a mi nuca esta la locura, la única cuerda en esta habitación. Los cuatro nos sentamos a apreciar la hermosura de la ciudad. El naranja junio es mi favorito, dice mi soledad. No nos molesta su comentario, nos molesta que crea tener una opinión. Dos más dos es cinco susurra la locura. Sólo si Dios dice que es así, repetimos todos al unísono. Esbozamos una sonrisa, las actividades triviales como esa son divertidas. Apresuremos o llegaremos tarde otra vez, nos grita la locura desde la puerta de salida. Luego de soportar que mis deseos de seguir luchando y la locura se pusieran de acuerdo, decidí dejar a la soledad sola por unas horas. Tranquila, volveré y haremos algo juntos, creeme. Me creyó. Entre las tablas de la ventana de la calle había una carta. Como siempre, mis deseos de seguir luchando se sorprendieron. Al parecer, debíamos caminar hasta el centro, de nuevo. La originalidad de esta gente se reduce cada semana. Al llegar, sonreí no por el saludo, sino porque las actividades triviales me resultan divertidas. Tal vez esa sea la razón por la que sigo pretendiendo necesitar ayuda. Eso, o mis deseos de seguir luchando me obligan a venir. Al finalizar, espere unos minutos después de que se fueran todos para hablar con Danielle. No solía hacer eso, pero esta vez lo necesitaba. Le presente a mis acompañantes, y el los saludo cordialmente. Tal vez no fue la mejor idea, pero a la locura le pareció bien. Al volver a casa, la soledad estaba colgada, de nuevo. Entre los tres decidimos bajarla y devolverla a su lugar, de nuevo. Me despedí de los chicos y entre en mi cama, necesitaba una charla con la almohada, daba buenos consejos, aunque estaba un poco vieja y quejosa ya. El sol de la tarde traía malos recuerdos, pero prefería no cerrar la ventana, por alguna razón me gustaba recordar. A medida que me adormecía, podía escuchar a mis tres inquilinos reír inocentemente, parecían divertirse. Eso, y el hecho de que mañana tampoco tendría que volver a salir fuera, hicieron que durmiera con una sonrisa.

Capítulo 2: Auxilium et Legend

Ahí estaba ella, vestida con el uniforme de la PPCD, un garrote en una mano, el cuello de Owen en la otra, con una cara que mezclaba el odio y la curiosidad perfectamente. Owen batallaba a varios centímetros del suelo por respirar y librarse de las manos de Koemi.
Sueltame, por favor. Prometo que haré lo que quieras, sólo dejame respirar -fue lo último que escuche que Owen pudo decir antes de que la puerta se cerrará frente a nuestras narices.
- Maldita sea, perdimos a otro -grito mi captora, a la vez que pateaba con furia un par de pupitres -Tu, ¿tu quien eres? No recuerdo haberte visto en la colonia, así que si no eres de los nuestros, ¿quien eres?
- ¿Colonia? ¿De que me estás hablando? Yo solo estaba siguiendo a unos amigos para ver qué era esa rectificación de la que hablaba el Director.
- Así que no sabes nada, ¿no es cierto? Bueno, en ese caso-
De pronto, se escucharon unos susurros en el pasillo fuera del salón.
- Deben ser guardias, nos encontrarán rápido si no nos vamos. Como sea, si quieres vivir sigueme -me extendió la mano derecha a la vez que abría la ventaja con la izquierda- vamos niño, decide rápido, nos encontrarán si sigues dudando.
Al decir eso, sacó la mitad de su cuerpo por la ventana con todas las intenciones de abandonarme.
¡Espera, voy contigo! -alcanze a gritar mientras mi salvadora terminaba de salir por la ventana.
Cuando salí, me sorprendió una motocicleta carmesí con una joven encima a punto de salir- ¿Subes? -pregunto mientras esbozaba una sonrisa pícara.
Al subir, nos dirigimos a toda velocidad hacia las afueras de la ciudad, acercándonos cada vez más a la Zona Cero, uno de los únicos lugares prohibidos de la ciudad- ¡Oye, nos acercamos a la zona en cuarentena! ¿Sabes a donde vamos? -tuve que gritar ya que el motor de el vehículo tapaba ferozmente todos los sonidos cercanos.
- Obviamente lo se, ¿no ves lo segura que estoy? Además, si prefieres te dejo aquí, no estás tan lejos de la escuela.
Observé mi entorno y me arrepentí al instante de mi pregunta. La ciudad de veía destruida usualmente, incluso la mitad de la escuela estaba en ruinas, pero esta parte de la ciudad tenía un olor a caos impresionante. Negué con la cabeza y la conductora fijo su vista de nuevo en el camino. Al cabo de unos minutos de curvas y baches en el camino, nos detuvimos frente a un edificio de apartamentos semi destruido- Llegamos, acompañarme y te llevaré a un lugar seguro -dijo la conductora a la vez que estacionaba la motocicleta en un callejón cercano.
Al entrar al edificio, me sorprendió lo pacífico de la recepción, tomando en cuenta el caos que había fuera, ya que el edificio se encontraba en lo barrios bajos. Luego de cruzar un par de puertas, descubrí a que se refería mi guía con "La colonia".
- Aiko, volviste al fin. ¿quien es el nuevo, otro de tus novatos? -se escucho una voz al otro lado de la habitación, a la vez que volaban botellas de cerveza por el aire.
- Como crees, sólo lo rescate de la escuela, nos estaban por atrapar y lo recogí en un apuro, ¿hice mal?
- Descuida, todos son bienvenidos en la colonia, eso nos diferencia de la PPCD, ¿NO CHICOS? -lanzo un grito al aire, a la vez que todos los presentes alabaron su pregunta con un grito al unísono.
Aiko río un poco, a la vez que me ofrecía una cerveza- ¿Quieres celebrar, novato?
- ¿Celebrar? ¿Por que?
- Por estar vivos, por sobrevivir un día más en este basurero, por aún no caer en las manos de la policía, y por qué si, siempre hay una razón para festejar.
Decidí aceptar su regalo y "festejar" con el resto del grupo, sólo para complacer a Aiko, aunque no supere las tres cervezas. Al cabo de unas horas, la mitad del grupo ya nos había abandonado, y la otra mitad, excepto por Aiko y el griton que me recibió al comienzo de la fiesta, estaban o inconscientes o durmiendo.
- Oye chico, ¿tienes nombre? -dijo mientras se acercaba el extraño griton.
- Quinzel, pero mis amigos me llaman Quinn.
- Bien Quinn, mi nombre es Aldrich, ya conociste a Aiko, mi hermana, y estas en La Colonia. Somos una especie de resistencia clandestina, nos defendemos de la PPCD y tratamos de recolectar a la mayor cantidad de rebeldes posibles. Según me dijo mi hermana, te interesa saber lo que es la rectificación, ¿no es cierto?
Asenti con la cabeza, aún tratando de procesar toda la información recibida.
- Ven, acompañame y aclararé todas tus dudas -dijo Aldrich mientras extendía su mano hacia mi, de la misma forma que lo hizo su hermana.
Devolví el gesto y lo seguí hasta una habitación completamente a oscuras, hasta que la luz de un proyector iluminó el lugar. Tomamos asiento en un par de sillas un poco desgastadas por el paso del tiempo y la película empezó.
- Saludos cordiales, mis colegas resistentes, mi nombre es Zigor Sausseret y si están viendo esto, la sociedad como la conocen actualmente es completamente diferente a lo que era en el pasado. Déjeme explicarles que sucedió para que entiendan a que nos enfrentamos, esta es la leyenda de Ciudad Diamante...

Una Nueva Oportunidad

Voy a dispararle a las nubes
Esperaré en calma mi revancha
Gritare a los cuatro vientos
Que no perderé en mi propia cancha
Enciendan mi alma en llamas
El dolor ya no me interesa
Aprendí a superar la pena
Esa es mi mejor destreza
Ya no pueden dañarme
Soy inmortal, soy invencible
Mi espíritu luchará por siempre
Un fantasma eterno e invisible

Vida Pt. 3

Nuestra existencia se resume en tres simples palabras: Hojas De Otoño. Simples y descoloridas hojas. Al separarnos de la seguridad de nuestro árbol, nacemos. En el transcurso del tiempo vagamos por todos lados. Pasamos por lugares calmos, flotamos por vientos duros, hasta que, eventualmente, caemos. Lo que sea que hicimos antes de eso, todos los lugares que visitamos, todas las otras hojas que vimos llegar y partir, todo eso cae con nosotros. Muy pocas veces somos conscientes de lo poco que influimos en los movimientos de las otras hojas, aunque lo hacemos, eso es cierto. Al caer, somos observados por las otras hojas, como un lúgubre recuerdo de nuestra facilidad para ser derribados, nuestra fragilidad. Frágiles como hojas en otoño.

Capítulo 1: Theoria et Amicitia

Desperté ese día con al esperanza de que algo cambiará, con el deseo de que ese fuera un buen dia, por primera vez en muchas semanas. Mientras lavaba mi cara y me preparaba para lo que sería un día más en mi vida, casualmente decidí mirarme al espejo de el baño. Ahí estaba yo, Quinzel Akino, hijo de Haruka Akino, mi padre, y Rebecca Smith, mi madre, frente a un espejo tan alto como yo, que no era demasiado, si tenemos que ser sinceros. Estaba levemente despeinado, semi desnudó, con mi tatuaje de punto y coma ubicado en mi antebrazo tan brillante como mi negro cabello, mientras me cepillaba los dientes, a la vez que escuchaba los gritos de mi madre recordándome que llegaría tarde al colegio si me retrasaba un poco más. Decidí salir del baño, vestirme con mi uniforme y tomar el colectivo amarillo que me alejaría por unas ocho horas de la seguridad de mi hogar, no sin antes tomar mis auriculares, infantables artículos en mi día a día. Despedirme de mis padres y tomar una manzana para ir desayunando en el viaje fue lo último que hice antes de tomar el transporte público a mi colegio.
En la puerta de mi casa me esperaba, como de costumbre, nadie porque apenas tenía sólo un amigo, y al el afortunadamente lo llevaban a la escuela sus padres. El ambiente fuera de casa era el usual, casas abandonadas, policías haciendo las típicas revisiones sorpresa, el infantable olor a desesperación mezclado con odio, me traía buenos recuerdos. Al cabo de unos minutos llegó el colectivo y empezamos el recorrido hacia el colegio. Al llegar, habían 3 guardias en la puerta de entrada, al parecer el incidente del ácido fue más serio de lo que creía, habían aumentado la seguridad. El conserje nos recibió cómo de costumbre con una sonrisa y un recordatorio: la cafetería estaría cerrada el día de mañana, aún no había logrado quitar toda la sangre de las paredes y el ambiente no olía a campos de rosas, según el. Caminando hacia mi salón de clases tuve desviarme de la ruta usual ya que había una de las típicas riñas entre alumnos de primer grado en el pasillo principal, sólo que esta vez se limitaban a armas blancas, todas las armas de fuego estaban prohibidas en lugares públicos, así que debían arreglárselas para dañarse de alguna forma un poco menos violenta.
La clase de Salud transcurrió de forma normal, aprendimos como hace un torniquete con artículos de nuestra vida cotidiana. Luego tuvimos Matemática Avanzada, donde lo único que hice fueron garabatos en mi cuaderno de dibujo, luego Literatura, donde como de costumbre el profesor se la pasó mirando por la ventana relatando como era la vida antes de la Revolución, nada fuera de lo normal, y por último Educación Física, donde ocurrió algo que no me esperaba, jugamos a las escondidas.
Eso que dije era mentira, esperaba completamente que hiciéramos eso, es la única actividad física que realizamos los últimos dos meses y es lo poco que puede pagar la escuela debido a su terrible economía. Al parecer, a Crisanto le tocaba contar y buscarnos al resto del grupo, cosa que aprecie bastante de su parte, ya que sabia que yo odiaba buscar y prefería reservarse esa labor para si mismo. Me escondí dentro de un barril de combustible vacío, mientras escuchaba a Crisanto recitar todos y cada uno de los nombres de mis compañeros.
¡Piedra libre para Owen! A ver, ¿donde están chicos? ¡Te vi, piedra libre para Madeline! Vamos chicos, hagamos esto más divertido, ¡SALGAN YA! -trataba de no estallar de risa y revelar mi posición mientras escuchaba los gritos de mi mejor amigo.
Te escuche, rata casera -fue lo único que oí decirle, antes de empezar a sentir que el barril se empezaba a ladear hacia un costado. Cuando reaccione y me di cuenta de que estaba pasando, ya estaba a pocos metros de el basurero de la escuela. Un pequeño lugar donde se desechaban toda la basura, cadáveres, comida y demás desperdicios de la escuela. Crisanto, al ver esto, detuvo su búsqueda para correr a socorrerme, lo cual logro deteniendo el barril a menos de dos metros de mi posible muerte.
Tiene suerte de tenerme cerca, Quinn (Apodo de cariño que me había ganado gracias a mi nombre), no se que harías sin mi -grito mi salvador mientras me tomaba de su brazo para salir del barril.
Posiblemente moriría, o terminaría en pareja, y últimamente no se que es peor -logre decir mientras recuperaba el aliento.
Mientras reíamos de vuelta a la seguridad del patio del colegio, recibí un par de gritos de Isabella, recordándonos que el recreo ya había acabado hace un par de minutos y que debíamos volver a clases.
Mientras entrábamos de nuevo al recinto, escuchamos por los comunicadores un anuncio de el Director:
- Muy buenos días alumnos. Se les informa a los alumnos Eva Lester, Owen LanCaster, y Geneva Mason que deben presentarse inmediatamente en el salón 119 para una rectificación obligatoria. El resto del alumnado es libre de retirarse, las clases del día acaban de terminar, gracias por su atención.
Nadie sabía que era precisamente la rectificación, aunque había teorías. Algunos decían que se asesinaba a los alumnos, otros que se los interrogaba, los más arriesgados afirmaban que se los secuestraba para trabajos forzados, pero nada era seguro. Lo único cierto era que casi nadie volvía de la rectificación.
En silencio marcharon los elegidos hacia el salón 119, seguidos por 2 guardias levemente armados. Por curiosidad, y contra los consejos de Cris, decidí seguirlos por unos minutos, con la esperanza de resolver la incógnita que nos atormentaba. Cuando doblaron en una esquina hacia la izquierda, un par de brazos me jalaron dentro del salón 98, lugar abandonado al igual que decenas más debido a la explosión del '19.
No hagas ruido y observa - susurró mi captora, con un leve tono de preocupación en su voz.
Con una mezcla entre miedo y curiosidad seguí sus instrucciones, hasta que vi algo me paralizó. Era Koemi.

Mi Vida Como Un Perro Callejero

Mi cama estaba helada, bueno, al menos lo que yo considero cama. Tal vez el frío de mi habitación sea mi culpa, no lo sé. Me levanté con pereza y decidí recorrer un poco mi hogar antes de salir a dar mi caminata sin rumbo aparente de todos los días. Vacío como siempre, con una leve fragancia a soledad y tristeza, pero tal vez sólo sea la humedad que hace que el ambiente se vea más tétrico de lo que ya es. Nada en la alacena, como de costumbre, sera inútil volver a revisarla mañana, tampoco habrá nada, y eso también es costumbre. Unos tímidos rayos de luz trataban de entrar por la ventana que daba a la calle, como queriendo encontrar refugio en mi refugio. Asomé la cabeza por la misma ventana, dejando que el viento de otoño me refrescará un poco, que me recordará el cruel mundo en el que vivo. Me deleité viendo como unos niños disfrutaban vividamente de un juego de escondidas. Decidí finalmente salir del oscuro agujero de mi hogar para visitar momentáneamente el oscuro agujero que es el mundo externo. Como siempre nadie me saludo en el camino a la salida del edificio, y nadie me despidió cuando lo abandone por unas horas. No se si era mi olor a muerte o mi aspecto a haber recibido una golpiza que alejaba a la gente de mi, pero después de varios años me termine acostumbrando. Visitar el asilo para vagabundos no tenía sentido ya, entendí la última vez que fui que ya no sería ni alimentado ni bienvenido en ese lugar nunca más, mi estómago me reprochaba eso todos los días. De camino a la estación de trenes casi soy atropellado por una motocicleta que venía a toda velocidad por la avenida principal. Creo que estaba distraído observando un par de mariposas blancas danzar sobre las vías del tren, y no me di cuenta que ya estaba fuera de la seguridad de la acera. No es necesario aclarar que el motociclista me insultó en varios idiomas y que varios peatones lo insultaron a él también en mi defensa, aún no entiendo porque pero lo agradecí con una sonrisa lo más patética y tímida posible. Después de despedirme de mis defensoner anónimos continúe mi recorrido hacia la estación, necesitaba encontrar a alguien. Mientras iba en viaje empezó a nevar. Si, en este lugar nieva en otoño, no me juzguen. De todos modos, empezó a nevar. Me encanta ver las caras de felicidad y euforia que sienten los niños al salir a la calle y notar el milagro que está ocurriendo, es hermoso. La nieve cubría todos los rincones de la calle, bañando todo el lugar con una fina y delicada capa blanca de frío. Frío que me estaba empezando a afectar, necesitaba apresurarme. Aligere el paso para llegar lo más rápido posible a mi objetivo, aunque no pude hacerlo por mucho tiempo ya que al tropezar con un charco semi congelado resbale e impacte con un poco de fuerza contra la fría y áspera acera. Solo una niña pequeña se acercó a ayudarme, pero fue detenida por la que parecía ser su madre, argumentando que yo "podría levantarme sólo". Seguí mi camino un poco más lento y mucho mas dolido, tanto por el golpe como por la madre de la niña, pero aún así debía llegar a tiempo, no podía retrasarme otra vez, no de nuevo. Luego de unas tortuosas 10 manzanas más caminando, finalmente llegue a la estación de trenes. Al entrar al anden principal, empecé a buscar a mi persona especial, pero no la encontré. Subí sobre un banco para aumentar mi vista un poco mas, pero tampoco hubo demasiado cambio. Trate de gritar su nombre sólo para ser callado por un par de adolescentes que acababan de bajar del tren del mediodía. El tren del mediodía, en ese momento me di cuenta. Si lo recuerdo correctamente, ella me dijo que la esperara hasta el mediodía, porque debía llegar a la universidad a tiempo y no podía retrasarse por mi culpa de nuevo. Al parecer, no pudo esperarme mucho tiempo más y me abandono otra vez. Ya no se que sentir, encontrarla todos los días era mi única motivación, la única razón por la que soportaba todo el sufrimiento del día a día, por ella. Pero ahora, en este lugar lleno de gente, me siento más sólo que nunca. Estoy viendo con miedo a las vías del tren a medida que se acerca el siguiente vehículo cargado de gente y sufrimiento. ¿Aquí termina mi historia? Por primera vez en mucho tiempo, creo que si...

La Sinfonía Del Caos

Abandone mi departamento con un extraño sabor en la boca, mezcla entre amargura y rabia, la melancolía de la soledad me empezaba a hartar. Decidí salir a la calle, recorrer el mundo que me rodeaba un poco, ya que hacía bastante que no salía de la seguridad de el 5b en el cuarto piso de mi edificio. Al salir por la puerta principal me recibió la chica que siempre le regala flores a todos los que ve, Rebecca creo que es su nombre, no lo recuerdo bien aún. Las regala con la excusa de que no quiere que nadie de sienta no querido: lamento informartelo amiga, pero ya llegaste tarde. Como siempre, rechaze con una sonrisa falsa y un saludo aún más falso su cálido regalo. Me dirigí hacia el café de la esquina, el cual extrañamente no tiene nombre, siempre lo conocimos extraoficialmente como el Café de Armando, su propietario, aunque por comodidad nunca le puso un nombre. El camarero ya conocía mi rutina casi diaria: llegaba entre a las 9:40 y las 9:47 de la mañana, siempre me sentaba en la mesa más alejada de la puerta y la gente en general, pedía un café recortado con media docena de medialunas y dejaba el dinero justo en la mesa mientras salía sin despedirme. La rutina no varió demasiado ese dia, la pareja de adolescentes enamoradas no faltó, esta vez ambas llevaban un par de vestidos florados, debo admitir que se veían hermosas con el sol de otoño iluminando su cabello. El niño pequeño que viene a pedir limosna todos los días tampoco faltó, y como siempre le regale una de mis medialunas apelando a mi sentido humano por única vez en el día. Me extraño el hecho de que el gato de la señora Cortez no apareciera a tratar de robar un poco de mi desayuno, la pequeña bestia disfrutaba de hurtar mi comida matutina. Al salir del lugar, disfrute de una caminata por los típicos lugares que recorría día a día, cruzando el parque donde el olor a felicidad y juventud estaba impregnado en el ambiente, pasando frente del hospital, el cual es el más puro reflejo de lo frágiles que somos en este lado de la vida, y finalmente deteniéndome, como de costumbre, frente al cementerio, donde descansaba mi única motivación en la vida. Vestida con un hermoso traje turquesa con detalles en blanco, dentro de un cajón de madera a varios metros bajo tierra se encontraba ella. ¿Era buena? Escuche la voz de una niña pequeña viniendo de mi espalda. Si, lo era, y muy hermosa, fue lo único que le contesté. Ambos nos detuvimos a mirar entonces la lápida de mi antigua esposa. "La verdadera felicidad se basa en dejar tu marca en el mundo, el resto vendrá por si solo" tenía inscripta en ella. Admito que solte un par de lágrimas al leer esa línea por millonésima vez. Para cuando me di cuenta, había pasado una hora, la niña me había abandonado y las nubes grises se acercaban a paso ligero. Decidí volver a mi departamento antes de que la lluvia me azotara sin piedad y empapara mi ropa de calle, además que necesitaba almorzar algo. De camino a mi casa, pase por una vía de tren. Extrañamente me detuve a observarla a medida que se acercaba el tren. Con el paso del tiempo, el ruido aumentaba a medida que se acercaba más el tren. Aleje mi cabeza unos centímetros cuando note que podría dañarme si no lo hacia. El enorme vehículo desacomodó un poco mi cabello, pero ni me molesto. De vuelta a casa la lluvia empezó a hacer de las suyas, mientras yo parecía la única alma que estaba en la calle en ese momento. Me agradaba eso, sentirme único era de las pocas cosas que aún disfruto de la vida. Los truenos se mezclaban con las gotas de lluvia formando una deliciosa melodía de caos. Sentí la necesidad de empezar a danzar al compás de esa hermosa sinfonía, y lo hubiera hecho de no estar observado por los cuervos que me seguían a donde fuera. Mis únicos amigos, últimamente.

Normalidad

¿Que es ser normal?
¿Cuando o quien lo enseña?
¿Desde cuando es divertido
Juzgar lo que te aterra?
Mi mente es explosiva
Diferente y sin paciencia
No es mi culpa que te incomode
Un poco de incongruencia
Vivo para mi agrado
Si no te gusta lo lamento
Tu mundo es perfección
Pero eso me aterra, lo siento
Muchas mentes cerradas
Para demasiadas bocas abiertas
Rezagando lo inusual
Rechazando las diferencias
Piden ser nosotros mismos
Se burlan cuando lo intentamos
La hipocresía es un cuento tan antiguo
Que ya incluso lo aceptamos
Adora tu originalidad
Ama tus diferencias
Ten una opinión propia
Por favor no busques guerra
No juzgues por sexo
Raza o ideología
Al final del día somos humanos
Imperfectos y asustados
Que buscan un poco de paz
En este mundo que nos ha tocado

Solo Tristeza

¿Alguna vez te sentiste
completamente vació?
¿Tratas de tocas tu alma
y solo sientes frió?
Sin razón para seguir
Creyéndote la víctima
La oscuridad te rodea
Las lágrimas son tus amigas
Lloras hasta el cansancio
Esperando alguna ayuda divina
Alguien que te salve
Del caos que es tu vida
Piensas acabarlo todo
Terminar con este tormento
¿Se apagaran entonces
las voces que llevo dentro?
Me guían a un precipicio
Lleno de paz y calma
Arrojarme es tan simple
¿Que me detiene, sera mi alma?
¿Existe tal cosa?
¿Hay algo del otro lado?
Si me voy, si me alejo
¿Al final seré olvidado?
Solo necesito un abrazo
Una sola muestra de afecto
Pruebame que te intereso
Me quedare, y acabara mi sufrimiento

Invierno En Soledad

Afuera, el cielo llora suavemente. Con delicadeza este se encarga de mojar a todo y a todos. Dentro, en la seguridad de un hogar, se encuentra la familia, o al menos lo que ellos consideran familia. Están frente a una chimenea tan antigua como el hogar mismo, disfrutando de un poco de calor momentáneo. El padre esboza una mirada perdida, divisando como las gotas mueren contra la ventana, a la vez que aspira el humo de su cigarrillo. Ambos humos, el suyo y el generado por el fuego de la fogata, se mezclan en una danza errática e imperfecta, pero hermosa desde cierto ángulo. Su hijo mayor, su único hijo para ser más precisos, admira extasiado el fuego que les provee un ambiente que mezcla perfectamente las palabras lúgubre y hogareño. La electricidad los abandono hace meses, al igual que los intentos de salir fuera. La razón de esto es simple: su madre. Ubicada justo en la mitad de su patio trasero se encuentra una pequeña cruz de madera, cubierta estratégicamente por tres arboles pequeños para que las gotas de lluvia no la dañen. Es el último recuerdo que tienen de ella, cuando murió los abandono por completo, esa cruz señalaba su última voluntad de este lado de la vida. De vuelta en la casa, un gato se paseaba por los rincones vacíos bañados en oscuridad de su hogar. La pequeña bestia teñía su pelaje de color negro, y mostraba alguna que otra mancha blanca en su cuerpo. Al cabo de unos minutos, la mascota, si es que se la puede llamar aun así ya que ha vivido en la casa tanto como sus amos, decidió acompañarlos en su melancolía descansando sobre el regazo del padre. Los tres disfrutaban entonces de mirar la fogata que los mantenía unidos, formando una familia, una mezcla perfecta de individuos imperfectos, algo indivisible e imposible de entender. A medida que el fuego moría, también lo hacían las miradas de nuestros sujetos. El padre inhalo la última bocanada de humo, el hijo suspiro por primera y única vez en varias horas, y el gato decidió volver a su escondite, tal vez a dormir un poco más. Ninguno hablo en ese momento, pero todos entendieron que debían retirarse a continuar con sus vidas, sus aburridas, genéricas y emocionantes vidas. Todos abandonaron finalmente la chimenea, a la vez que esta los abandonaba a ellos con un triste y silencioso ademán. La noche oscurecía las calles, y la tristeza, mezclada con la melancolía, oscurecía la casa.