Dioses De Juguete

Las cuatro paredes estaban cubiertas de ceniza, roja y brillante ceniza. Esta habitación, al igual que todas las otras, era un completo desastre. De la paz solo quedaban recuerdos, dolorosos y silenciosos recuerdos que nos torturaban sin cesar, A mí se me notaba en la cara, tenía una expresión de miedo mezclada con emoción, no terminaba de creer lo que habíamos hecho. Fuera de la casa aún se escuchaban murmullos y sirenas en la distancia. Vienen por nosotros, pregunte a mi hermana. No creo, este barrio es peligroso, seguro están de paso. Voy a creerte, la última vez que lo hice nos salvó la vida, respondí aliviado. Estábamos sentados en la mitad del dormitorio, mirando ambos un cuadro de una familia. Extrañas eso, pregunto mi hermana. Una familia, conteste con otra pregunta. Si, en casa nos deben extrañar. No estaríamos aquí si fuera así, susurré con un poco de impotencia. Las sirenas se acercaban cada vez más. Los murmullos se habían detenido ya, el ambiente vestía un hermoso traje color silencio. Se me ocurrió recorrer la casa para pasar el tiempo, mi hermana decidió no acompañarme, sus tobillos y muñecas aún estaban muy débiles. Las cuerdas todavía olían a quemado, y los ojos de los fantasmas estaban tan blancos como la nieve de una mañana de invierno. Me pregunte qué pensarían nuestros padre de todo esto, pero trataba de evitar pensar en ellos. Escuchas eso, grito mi hermana desde el dormitorio. Lo escuchaba, pasos, muchos de ellos, marchaban en una terrorífica sinfonía. Los siguientes momentos pasaron demasiado lentos frente a mis ojos. Los vi tomarnos a mí y a mi hermana por la fuerza. Los vi metiéndonos a la fuerza en su vehículo color mar. Los escuche gritar a un teléfono que nos habían encontrado, y creo haber escuchado el llanto de mi madre, pero tal vez fue solo mi imaginación. A medida que nos alejábamos de nuestro hogar por la última semana, mis ojos se cerraban cada vez más y más, acompañando mi cansancio físico con mi fatiga mental, necesitaba dormir un poco. Ese día soñé con una familia feliz, una casa pacifica, con mis padres mimándonos, y con muchas mentiras más. Ese día soñé.

- Fin del interrogatorio.

Capitulo 5: Puer et Revelatiom

- Corre
Al principio no reaccione. No entendía que quería decir y me quede observándolo como tratando de descifrar su mensaje. Hacerlo no me llevo mucho tiempo, a los pocos segundos de decirme eso levantó su mirada, dejando ver su pequeña y herida cara.
De improviso, el niño extendió su pequeño brazo hacia mí, y yo me acerqué a él para escuchar que tenía que decirme.
- Escúchame bien, no tienes mucho tiempo. -se podía notar el miedo en la voz y la mirada del niño- No estás aquí por accidente, Koemi planeo todo. Debes alejarte de ella lo más que puedas, es peligrosa y no dudará en dañarte si tiene la oportunidad.
- ¿Koemi? ¿La conoces? -creo que el niño noto en mi pregunta un tono de incertidumbre.
- Si, es parte de la PPCD y creo que te vio entrar en la base rebelde.
La Colonia, entonces si tenía razón, Koemi me había seguido hacia la fiesta. Pero aún tenía una duda que necesitaba resolver.
- ¿Cómo sabes que me está siguiendo?
- No estamos seguros aquí, Koemi puede llegar en cualquier momento. Sígueme, vamos a un lugar más privado.
El joven denotaba un poco de seguridad en sus palabras, y su intención parecía buena. Aunque me era difícil, por no decir imposible, confiar en extraños, ese niño parecía necesitarme, deseaba que lo acompañara, y contra la voz de mi razón decidí seguirlo.
A medida que nos alejábamos del salón de fiestas, las luces de la calle se apagaban junto con nuestros pasos, y el niño había abandonado si actitud firme y decidida por una más cercana a su edad, que rondaría los catorce años aproximadamente.
- No escuche tu nombre. ¿Cómo te llamas? -el niño parecía haber recuperado la inocencia.
- Quinzel, pero puedes llamarme Quinn.
- Me alegro de conocerte, Quinn, mi nombre es Félix.
- Y bien Félix, ¿a dónde vamos?
No me respondió, y solo se limitó a sonreír y hacerme señales para que lo siguiera. Ambos entonces emprendimos camino por las heladas y oscuras aceras de Ciudad Diamante.
Esta se veía desierta, apenas algunas personas se encontraban en la calle, posiblemente dirigiéndose a sus trabajos. El joven me adelantaba apenas unos pasos, pero aun así me costaba seguir sus giros inoportunos.
- No tienes pensado decirme a donde vamos, ¿cierto?
- No aun, espera y veras –al parecer, Félix disfrutaba verme sufrir así.
Luego de veinte minutos de silencio y tantos giros y esquinas que perdí la cuenta de donde estábamos en la ciudad, llegamos a destino, a su destino.
- Ven, entra, hasta donde se no hay nadie en casa.
Su casa estaba ubicada en las afueras de la ciudad, y era bastante pequeña, aunque parecía muy acogedora, e incluso se podía sentir una leve fragancia a humedad y miedo propia de una casa de familia rebelde. Entramos y al pasar por un par de habitaciones casi vacías, entramos al sótano contra todos mis deseos, la oscuridad aun me aterraba.
Tome asiento en un sofá tan destruido como el mismo sótano, mientras Félix cerraba la pesada puerta de madera que nos separaba del resto de la casa.
- Me sorprende la confianza que le tienes a los extraños, aun no me conoces y ya estás en mi casa –el joven parecía genuinamente sorprendido.
- Aun no te conozco, y no esta en mis planes hacerlo aun. Y confío en ti porque lograste convencerme de alejarme de Koemi. Ahora habla, ¿Qué tiene que ver ella con mi fiesta?
- Cierto, ella. Veras, ambos sabemos que es parte de la PPCD, ¿cierto?
- Lo sé –no lo sabía aun, aunque no era el momento indicado para dudar.
- Koemi planeo la sorpresa en el salón de fiestas, porque sabía que luego de acabar tu fiesta, en ese mismo lugar se reuniría una enorme cantidad de policías, en su convención semanal para discutir nuevos objetivos de bombardeo, tal vez mas casas rebeldes, y mantener conteo de la cantidad de rectificados de cada semana.
Félix vagaba por la pequeña habitación mientras relataba todo.
- ¿Y cómo sabes todo esto? Supongo que no eres miembro de la PPCD, ¿cierto?
- ¿Estarías aquí, sano y salvo en las afueras de la ciudad, si lo fuera?
- Tienes razón, continua –respetuosamente cerré mi boca.
- Como decía, planeaba hablar contigo hasta pasada la hora límite y luego capturarte junto con todos los otros policías. Malévolo, lo sé. ¿Refresco?
Mientras esbozaba una sonrisa de incredulidad, me extendía una pequeña botella de bebida.
- Uno, no gracias. Y dos, ¿Por qué sonríes?
- Bien, más para mí –suspiro, acto seguido bebiendo la mitad de la botella de un solo trago.
Lo miraba confundido, no entendía porque parecía tan feliz. No tardo en notar mi expresión de evidente incredulidad.
- Sonrío porque estás aquí, si eso responde tu pregunta. –aun no entendía, y Félix procedió con la explicación- Sonrío porque tuviste la valentía de seguir a un extraño para salvar tu vida, aun pudiendo arriesgarla incluso más, y además porque estas a salvo siempre y cuando estés junto a mí.
- ¿A qué te refieres con que siempre y cuando este junto a ti?
- Es obvio que no conoces la ciudad tanto como yo, incluso no notaste que estamos a tres calles de tu propio hogar.
¿Era cierto? ¿Cómo fui capaz de perder tanto la noción de donde estábamos?
- Se te nota sorprendido, mi buen amigo. Admito que, por aterrador que parezca, te estuve siguiendo desde que saliste de la Colonia porque sabía lo que planeaba Koemi, y lamentablemente se lo peligrosa que puede ser cuando planea algo.
- Pero, ¿Por qué? ¿Por qué te preocupaste tanto por un desconocido?
- Porque le debía un favor a Aiko.
En ese momento todas las piezas cayeron en su lugar, Félix era un resistente más, Aiko lo había enviado a seguirme.

- Siéntete orgulloso Quinn, eres parte de algo más grande ahora, más grande que cualquier cosa que te puedas imaginar. Eres un resistente.