Cometimos errores. Nos desviamos de la ruta. Nada de esto estaba planeado, pero aún así lo disfrutamos. Nos reímos de nuestra estupidez, quemandonos con la llama de la felicidad, brillante a la vez que mortal. Cuándo paso, aún no lo sé, pero prefiero dejarlo así. A veces, la ignorancia es nuestra más poderosa fortaleza. Nos mantiene unidos, inseparables y sintiéndonos uno solo. El romanticismo nunca fue lo nuestro, ni siquiera recordábamos el catorce de febrero, pero aún así fingimos disfrutar la trivialidad de los corazones de chocolate y las cartas cursis, riéndonos de la felicidad ajena. Aunque deteste admitirlo, eras mi mayor orgullo, te consideraba mi cima de la colina, mi objetivo final, algo a lo que mirar con admiración y esperanza. Así te miraba, deseándote a la vez que creyendo que tendría la suerte de acompañarte en la locura de la vida. A veces pienso lo cerca que estuvimos, a pasos de la paz, casi oliendo la felicidad de la mutua compañía. Lamentablemente, pisar las vías del tren no fue tu mejor idea, aunque tu carta de despedida fue tan hermosa que olvide fácilmente el dolor para reemplazar en su lugar una pequeña dosis de alegre nostalgia. Creó que fui la única persona que no te lloro, solamente te sonreí. Sonreí con la misma fuerza y sinceridad que tuve el primer día que te pensé como el milagro que fuiste para mi. Sonreí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario