Abandone mi departamento con un extraño sabor en la boca, mezcla entre amargura y rabia, la melancolía de la soledad me empezaba a hartar. Decidí salir a la calle, recorrer el mundo que me rodeaba un poco, ya que hacía bastante que no salía de la seguridad de el 5b en el cuarto piso de mi edificio. Al salir por la puerta principal me recibió la chica que siempre le regala flores a todos los que ve, Rebecca creo que es su nombre, no lo recuerdo bien aún. Las regala con la excusa de que no quiere que nadie de sienta no querido: lamento informartelo amiga, pero ya llegaste tarde. Como siempre, rechaze con una sonrisa falsa y un saludo aún más falso su cálido regalo. Me dirigí hacia el café de la esquina, el cual extrañamente no tiene nombre, siempre lo conocimos extraoficialmente como el Café de Armando, su propietario, aunque por comodidad nunca le puso un nombre. El camarero ya conocía mi rutina casi diaria: llegaba entre a las 9:40 y las 9:47 de la mañana, siempre me sentaba en la mesa más alejada de la puerta y la gente en general, pedía un café recortado con media docena de medialunas y dejaba el dinero justo en la mesa mientras salía sin despedirme. La rutina no varió demasiado ese dia, la pareja de adolescentes enamoradas no faltó, esta vez ambas llevaban un par de vestidos florados, debo admitir que se veían hermosas con el sol de otoño iluminando su cabello. El niño pequeño que viene a pedir limosna todos los días tampoco faltó, y como siempre le regale una de mis medialunas apelando a mi sentido humano por única vez en el día. Me extraño el hecho de que el gato de la señora Cortez no apareciera a tratar de robar un poco de mi desayuno, la pequeña bestia disfrutaba de hurtar mi comida matutina. Al salir del lugar, disfrute de una caminata por los típicos lugares que recorría día a día, cruzando el parque donde el olor a felicidad y juventud estaba impregnado en el ambiente, pasando frente del hospital, el cual es el más puro reflejo de lo frágiles que somos en este lado de la vida, y finalmente deteniéndome, como de costumbre, frente al cementerio, donde descansaba mi única motivación en la vida. Vestida con un hermoso traje turquesa con detalles en blanco, dentro de un cajón de madera a varios metros bajo tierra se encontraba ella. ¿Era buena? Escuche la voz de una niña pequeña viniendo de mi espalda. Si, lo era, y muy hermosa, fue lo único que le contesté. Ambos nos detuvimos a mirar entonces la lápida de mi antigua esposa. "La verdadera felicidad se basa en dejar tu marca en el mundo, el resto vendrá por si solo" tenía inscripta en ella. Admito que solte un par de lágrimas al leer esa línea por millonésima vez. Para cuando me di cuenta, había pasado una hora, la niña me había abandonado y las nubes grises se acercaban a paso ligero. Decidí volver a mi departamento antes de que la lluvia me azotara sin piedad y empapara mi ropa de calle, además que necesitaba almorzar algo. De camino a mi casa, pase por una vía de tren. Extrañamente me detuve a observarla a medida que se acercaba el tren. Con el paso del tiempo, el ruido aumentaba a medida que se acercaba más el tren. Aleje mi cabeza unos centímetros cuando note que podría dañarme si no lo hacia. El enorme vehículo desacomodó un poco mi cabello, pero ni me molesto. De vuelta a casa la lluvia empezó a hacer de las suyas, mientras yo parecía la única alma que estaba en la calle en ese momento. Me agradaba eso, sentirme único era de las pocas cosas que aún disfruto de la vida. Los truenos se mezclaban con las gotas de lluvia formando una deliciosa melodía de caos. Sentí la necesidad de empezar a danzar al compás de esa hermosa sinfonía, y lo hubiera hecho de no estar observado por los cuervos que me seguían a donde fuera. Mis únicos amigos, últimamente.
Normalidad
¿Que es ser normal?
¿Cuando o quien lo enseña?
¿Desde cuando es divertido
Juzgar lo que te aterra?
Mi mente es explosiva
Diferente y sin paciencia
No es mi culpa que te incomode
Un poco de incongruencia
Vivo para mi agrado
Si no te gusta lo lamento
Tu mundo es perfección
Pero eso me aterra, lo siento
Muchas mentes cerradas
Para demasiadas bocas abiertas
Rezagando lo inusual
Rechazando las diferencias
Piden ser nosotros mismos
Se burlan cuando lo intentamos
La hipocresía es un cuento tan antiguo
Que ya incluso lo aceptamos
Adora tu originalidad
Ama tus diferencias
Ten una opinión propia
Por favor no busques guerra
No juzgues por sexo
Raza o ideología
Al final del día somos humanos
Imperfectos y asustados
Que buscan un poco de paz
En este mundo que nos ha tocado
Solo Tristeza
¿Alguna vez te sentiste
completamente vació?
¿Tratas de tocas tu alma
y solo sientes frió?
Sin razón para seguir
Creyéndote la víctima
La oscuridad te rodea
Las lágrimas son tus amigas
Lloras hasta el cansancio
Esperando alguna ayuda divina
Alguien que te salve
Del caos que es tu vida
Piensas acabarlo todo
Terminar con este tormento
¿Se apagaran entonces
las voces que llevo dentro?
Me guían a un precipicio
Lleno de paz y calma
Arrojarme es tan simple
¿Que me detiene, sera mi alma?
¿Existe tal cosa?
¿Hay algo del otro lado?
Si me voy, si me alejo
¿Al final seré olvidado?
Solo necesito un abrazo
Una sola muestra de afecto
Pruebame que te intereso
Me quedare, y acabara mi sufrimiento
Invierno En Soledad
Afuera, el cielo llora suavemente. Con delicadeza este se encarga de mojar a todo y a todos. Dentro, en la seguridad de un hogar, se encuentra la familia, o al menos lo que ellos consideran familia. Están frente a una chimenea tan antigua como el hogar mismo, disfrutando de un poco de calor momentáneo. El padre esboza una mirada perdida, divisando como las gotas mueren contra la ventana, a la vez que aspira el humo de su cigarrillo. Ambos humos, el suyo y el generado por el fuego de la fogata, se mezclan en una danza errática e imperfecta, pero hermosa desde cierto ángulo. Su hijo mayor, su único hijo para ser más precisos, admira extasiado el fuego que les provee un ambiente que mezcla perfectamente las palabras lúgubre y hogareño. La electricidad los abandono hace meses, al igual que los intentos de salir fuera. La razón de esto es simple: su madre. Ubicada justo en la mitad de su patio trasero se encuentra una pequeña cruz de madera, cubierta estratégicamente por tres arboles pequeños para que las gotas de lluvia no la dañen. Es el último recuerdo que tienen de ella, cuando murió los abandono por completo, esa cruz señalaba su última voluntad de este lado de la vida. De vuelta en la casa, un gato se paseaba por los rincones vacíos bañados en oscuridad de su hogar. La pequeña bestia teñía su pelaje de color negro, y mostraba alguna que otra mancha blanca en su cuerpo. Al cabo de unos minutos, la mascota, si es que se la puede llamar aun así ya que ha vivido en la casa tanto como sus amos, decidió acompañarlos en su melancolía descansando sobre el regazo del padre. Los tres disfrutaban entonces de mirar la fogata que los mantenía unidos, formando una familia, una mezcla perfecta de individuos imperfectos, algo indivisible e imposible de entender. A medida que el fuego moría, también lo hacían las miradas de nuestros sujetos. El padre inhalo la última bocanada de humo, el hijo suspiro por primera y única vez en varias horas, y el gato decidió volver a su escondite, tal vez a dormir un poco más. Ninguno hablo en ese momento, pero todos entendieron que debían retirarse a continuar con sus vidas, sus aburridas, genéricas y emocionantes vidas. Todos abandonaron finalmente la chimenea, a la vez que esta los abandonaba a ellos con un triste y silencioso ademán. La noche oscurecía las calles, y la tristeza, mezclada con la melancolía, oscurecía la casa.
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