- Corre
Al
principio no reaccione. No entendía que quería decir y me quede observándolo
como tratando de descifrar su mensaje. Hacerlo no me llevo mucho tiempo, a los
pocos segundos de decirme eso levantó su mirada, dejando ver su pequeña y
herida cara.
De
improviso, el niño extendió su pequeño brazo hacia mí, y yo me acerqué a él
para escuchar que tenía que decirme.
- Escúchame bien, no tienes mucho tiempo. -se
podía notar el miedo en la voz y la mirada del niño- No estás aquí por
accidente, Koemi planeo todo. Debes alejarte de ella lo más que puedas, es
peligrosa y no dudará en dañarte si tiene la oportunidad.
-
¿Koemi? ¿La conoces? -creo que el niño noto en mi pregunta un tono de
incertidumbre.
- Si,
es parte de la PPCD y creo que te vio entrar en la base rebelde.
La
Colonia, entonces si tenía razón, Koemi me había seguido hacia la fiesta. Pero
aún
tenía una duda que necesitaba resolver.
-
¿Cómo sabes que me está siguiendo?
- No
estamos seguros aquí, Koemi puede llegar en cualquier momento. Sígueme, vamos a
un lugar más privado.
El
joven denotaba un poco de seguridad en sus palabras, y su intención parecía
buena. Aunque me era difícil, por no decir imposible, confiar en extraños, ese
niño parecía necesitarme, deseaba que lo acompañara, y contra la voz de mi
razón decidí seguirlo.
A
medida que nos alejábamos del salón de fiestas, las luces de la calle se
apagaban junto con nuestros pasos, y el niño había abandonado si actitud firme
y decidida por una más cercana a su edad, que rondaría los catorce años
aproximadamente.
- No
escuche tu nombre. ¿Cómo te llamas? -el niño parecía haber recuperado la
inocencia.
-
Quinzel, pero puedes llamarme Quinn.
- Me
alegro de conocerte, Quinn, mi nombre es Félix.
- Y
bien Félix, ¿a dónde vamos?
No me
respondió, y solo se limitó a sonreír y hacerme señales para que lo siguiera.
Ambos entonces emprendimos camino por las heladas y oscuras aceras de Ciudad
Diamante.
Esta
se veía desierta, apenas algunas personas se encontraban en la calle,
posiblemente dirigiéndose a sus trabajos. El joven me adelantaba apenas unos
pasos, pero aun así me costaba seguir sus giros inoportunos.
- No
tienes pensado decirme a donde vamos, ¿cierto?
- No
aun, espera y veras –al parecer, Félix disfrutaba verme sufrir así.
Luego
de veinte minutos de silencio y tantos giros y esquinas que perdí la cuenta de
donde estábamos en la ciudad, llegamos a destino, a su destino.
- Ven,
entra, hasta donde se no hay nadie en casa.
Su
casa estaba ubicada en las afueras de la ciudad, y era bastante pequeña, aunque
parecía muy acogedora, e incluso se podía sentir una leve fragancia a humedad y
miedo propia de una casa de familia rebelde. Entramos y al pasar por un par de
habitaciones casi vacías, entramos al sótano contra todos mis deseos, la
oscuridad aun me aterraba.
Tome
asiento en un sofá tan destruido como el mismo sótano, mientras Félix cerraba
la pesada puerta de madera que nos separaba del resto de la casa.
- Me
sorprende la confianza que le tienes a los extraños, aun no me conoces y ya
estás en mi casa –el joven parecía genuinamente sorprendido.
- Aun
no te conozco, y no esta en mis planes hacerlo aun. Y confío en ti porque
lograste convencerme de alejarme de Koemi. Ahora habla, ¿Qué tiene que ver ella
con mi fiesta?
-
Cierto, ella. Veras, ambos sabemos que es parte de la PPCD, ¿cierto?
- Lo
sé –no lo sabía aun, aunque no era el momento indicado para dudar.
-
Koemi planeo la sorpresa en el salón de fiestas, porque sabía que luego de
acabar tu fiesta, en ese mismo lugar se reuniría una enorme cantidad de
policías, en su convención semanal para discutir nuevos objetivos de bombardeo,
tal vez mas casas rebeldes, y mantener conteo de la cantidad de rectificados de
cada semana.
Félix
vagaba por la pequeña habitación mientras relataba todo.
- ¿Y
cómo sabes todo esto? Supongo que no eres miembro de la PPCD, ¿cierto?
-
¿Estarías aquí, sano y salvo en las afueras de la ciudad, si lo fuera?
- Tienes
razón, continua –respetuosamente cerré mi boca.
- Como
decía, planeaba hablar contigo hasta pasada la hora límite y luego capturarte
junto con todos los otros policías. Malévolo, lo sé. ¿Refresco?
Mientras
esbozaba una sonrisa de incredulidad, me extendía una pequeña botella de
bebida.
- Uno,
no gracias. Y dos, ¿Por qué sonríes?
- Bien,
más para mí –suspiro, acto seguido bebiendo la mitad de la botella de un solo
trago.
Lo
miraba confundido, no entendía porque parecía tan feliz. No tardo en notar mi
expresión de evidente incredulidad.
-
Sonrío porque estás aquí, si eso responde tu pregunta. –aun no entendía, y
Félix procedió con la explicación- Sonrío porque tuviste la valentía de seguir
a un extraño para salvar tu vida, aun pudiendo arriesgarla incluso más, y
además porque estas a salvo siempre y cuando estés junto a mí.
- ¿A
qué te refieres con que “siempre
y cuando este junto a ti”?
- Es
obvio que no conoces la ciudad tanto como yo, incluso no notaste que estamos a
tres calles de tu propio hogar.
¿Era
cierto? ¿Cómo fui capaz de perder tanto la noción de donde estábamos?
- Se
te nota sorprendido, mi buen amigo. Admito que, por aterrador que parezca, te
estuve siguiendo desde que saliste de la Colonia porque sabía lo que planeaba
Koemi, y lamentablemente se lo peligrosa que puede ser cuando planea algo.
-
Pero, ¿Por qué? ¿Por qué te preocupaste tanto por un desconocido?
-
Porque le debía un favor a Aiko.
En ese
momento todas las piezas cayeron en su lugar, Félix era un resistente más, Aiko
lo había enviado a seguirme.
-
Siéntete orgulloso Quinn, eres parte de algo más grande ahora, más grande que
cualquier cosa que te puedas imaginar. Eres un resistente.