Pasaron dos horas hasta que el extraño que me interceptó en mi habitación me quito la bolsa de la cabeza. Para mi agradable sorpresa, mis captores no eran otros que mis familiares y amigos más cercanos, los cuales me habían preparado una fiesta sorpresa. Ah, creo que no lo aclare antes, hoy es mi cumpleaños, es mejor decirlo ahora antes de continuar con la historia.
- 17 años ya, como pasa el tiempo -dijo Cris mientras devoraba un pequeño trozo de pastel.
- Cierto, pasa muy rápido. Oye Cris, ¿era necesaria la bolsa en la cabeza? Quiero decir, podrías haberme invitado a comer algo y luego la fiesta, no era necesario que intentaras secuestrarme.
Mi raptor se rascaba la nuca a la vez que reía inocente y culpablemente. Un golpe en el hombro y una sonrisa fueron suficientes para volverlo al mundo real.
La fiesta transcurrió de forma usual, algo de pastel mal hecho por mí tía, algunas bromas pesadas relacionadas a mi falta de pareja y a mi incapacidad de reírme de un mal chiste, la típica anécdota tan increíble como falsa por parte de mi tío, y yo, una vez más, dejando a otros el lugar del centro de atención. Algunas cosas nunca cambian.
Al cabo de unas horas, la mayoría de los invitados había dejado la aburrida fiesta para continuar con sus aburridas vidas, y los únicos restantes éramos Cris, mis padres, Koemi y yo. Considerando que mis padres me avergonzaban, de nuevo, con mis dibujos de pequeño, yo tuve un poco de tiempo a solas disfrutando el paisaje desde la ventana del salón de fiestas. La vista era hermosa, pacíficamente caótica, destructiva y perfecta, se podía sentir una leve fragancia a miedo, mezclada con el olor a cuero de los trajes de policía, a pólvora y ceniza de las ruinas adyacentes al edificio, y hasta se podían oír algunos gritos de madres que clamaban por sus hijos perdidos, secuestrados por el estado, rectificados.
Rectificados -susurre, recordando a Koemi en ese salon en la escuela.
Mi espalda se heló y mis pensamientos se nublaron por unos momentos. Koemi era parte de la PPCD, o al menos eso parecía. ¿Que hacia en mi fiesta? ¿Me habrá visto entrando a la Colonia? ¿Y si piensa dañarme, o a mi familia?
Todos estas teorías nacían y morían a la vez, ninguna tenía demasiado sentido para ser cierta. Además, no parecía el muerto viviente que aparentan ser todos los policías, incluso la vi riéndose y bromeando con mis padres. ¿Estaba seguro de lo que había visto en la escuela? No lo se, pero me gustaría hacerlo.
Mientras acababa la fiesta, trataba de no pensar en el tema y concentrarme en mi mismo, al fin y al cabo era mi cumpleaños, el único día del año donde yo era el protagonista, al menos de mi propio mundo.
- Oye Quinn, tengo que irme, mis padres se deben estar volviendo locos, no les avisé que venía. -Cris gritaba desde la puerta de salida- Aunque antes de hacerlo, mejor te doy tu regalo.
- ¿Regalo? ¿Tu? Dime donde está el verdadero Crisanto que conozco, quiero hablar con el.
- Dejate de bromas o te golpeare, y además no te daré tu regalo.
Acepte su oferta y extendí ambas manos esperando su regalo. Para mi sorpresa, sí era un regalo, y bastante bueno y considerado para ser cierto. Dentro de su funda carmesí, se encontraba un pequeño violín de color blanco junto con su arco. Admito que tuve que frotar mis ojos para terminar de creer lo que veía.
- ¿Como lo supiste? Desde siempre he querido esto, ¿pero como lo supiste si nunca te lo dije?
- Soy tu mejor amigo, ¿que esperabas de mi? -no se si fue mi mirada de desconfianza o el hecho de que era mi único amigo lo que lo hizo revelar la verdad- Bueno, esta bien, tus padres me dijieron que querías esto y yo hice lo necesario para conseguirlo, y más vale que lo disfrutes, es el único de su tipo en toda la ciudad.
Luego de volver del shock en el que me encontraba, decidí abrazar de forma un poco violenta a Cris, sólo para que me alejara a los pocos segundos cuando empezó a sentir sus costillas tocándole los pulmones.
La fiesta acabo conmigo sentado en el balcón del salón de fiestas, observando toda la ciudad desde allí. Hermosa vista, un poco caótica pero con el tiempo logre acostumbrarme a las revisiones sorpresa de los policías, a las explosiones de las "casas rebeldes" (apodo que tenían los hogares donde supuestamente vivían los opositores al gobierno), a tener que estar constantemente vigilados por las cámaras de la PPCD, todo eso se vuelve usual con el tiempo, aunque no significa que sea lo correcto. Nunca nos enseñaron que era lo correcto y que no, eso no era necesario para el gobierno, al menos eso he odio por ahí. Mientras menos razonemos, mas simples de controlar somos.
Al salir fuera, el viento frío de otoño me golpeó en la cara, reprochandome el no haber traído abrigo. Incluso seguía con el uniforme escolar ya que Cris no tuvo la delicadeza de dejarme cambiar de ropa. Vague por los alrededores un poco hasta que algo captó mi atención, un pequeño niño estaba jugando solo en el parque Diamante. Lo que me extrañó no era que estuviera sólo, los padres suelen hacer eso, se sienten protegidos por la PPCD. No, no era eso. Me extraño el hecho de que eran las seis de la mañana, aún no había amanecido, y el niño tenía sus ropas casi destruidas.
Mi instinto humano me dijo que debía acercarme a él, aunque mi razón aun dudaba de las intenciones del joven.
- Oye niño, ¿estas bien? ¿necesitas ayuda?
No me dirigió la mirada, esta estaba clavada en el suelo. Sólo pude oír una sola palabra salir de su pequeña y traicionera boca.
- Corre.
El Mejor De Los Finales
Ahi estábamos todos, sentados en medio de la nada, esperando cada uno su transporte. No estaba tan oscuro en la estación, de echo el sol se empezaba a colar por entre los boquetes de la pared de atrás. A nadie excepto a mi y a la chica de cabello carmesí nos molestaba, pero romper el hermoso y lúgubre ambiente que nos rodeaba era algo que no queríamos, ni tampoco podíamos. La lluvia nos azotaba desde hace horas, aunque debo admitir que me entretenía ver las gotas de agua impactar ferozmente contra el suelo. Pasaron unas horas hasta que llegó el primer vehículo, vacío, y en el subieron creo que unas cuatro personas. Como de costumbre, no se despidieron, nadie lo hacía usualmente, se habían resignado a vivir la hermosa experiencia de sentirse especiales y olvidados. Aunque ahora que me pongo a reflexionar sobre esto, a todos nos olvidarán al final de nuestro tiempo. Tal vez sea el clima o la falta de empatia que circula en el aire lo que me hace pensar estas cosas, las cuales ocupan cada una de las páginas de mi diario, o al menos lo han hecho desde que llegué a esta ciudad. Me pregunto si me extrañarán en Esmeralda. Quiero decir, no creo que nadie me extrañe allí, no había nadie de quien despedirme cuando me fui, pero aún así siento una especie de nostalgia de cuando pienso en mi antigua vida. ¿Abandone tanto para que? A veces aún me lo pregunto, pero no se si es la mejor idea. A la voz de mi cabeza no parece disgustarle, aunque se empeña en tratar de que no lo haga. Acaba de llegar otro vehículo, esta vez se bajo una persona y subieron tres más, como de costumbre la recién llegada ocupó el primer asiento a la derecha de la puerta principal. Me causa un poco de gracia el hecho de que algunas personas estén vestidas de traje, como si les fuera a servir de algo, los pasajeros mejor vestidos no pagan menos, o al menos eso me han dicho. Finalmente, mi transporte había tocado destino, y era momento de despedirme de mis amigos. Le recomendé a mi Tristeza que se buscará un nuevo dueño, que se lo merecía. Le recordé a mi Obsesión que practicará más con el revolver, que la última vez había sido sólo suerte, y mis Recuerdos me prometieron no olvidarse nunca más de alimentar a la pequeña bestia. Por ultimo, tocaba despedirme de mi Locura. Admito que me costó hacerlo, pero al verla supe que era lo correcto irme, todos merecíamos un pequeño descanso. Sólo la mire a los ojos y la abracé fuertemente, como nunca lo había hecho. Sentí su fragancia a desesperación por última vez, y me reconfortó el hecho de su beso en mi mejilla, no espera otra cosa de ella, el romanticismo era lo suyo. Subí al vehículo y mis tres compañeros se desvanecieron en la oscuridad de la lejanía. ¿A donde lo llevo, caballero? A Casa, conteste, con una sonrisa de satisfacción, de victoria y de felicidad absoluta en los ojos.
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