Una cruz. Una iglesia. Un pequeño parque con olor a juventud. Muchas caras vacías. Sueños gritando libertad. Un grito pidiendo por otra oportunidad. Cabellos movidos por una ráfaga de ruido. Autobuses llenos de excusas. Vías de tren tan vacías como un corazón en febrero. Hojas de la vida desplomándose si piedad. Dos miradas danzando erráticamente. Todo eso puedo apreciar desde la comodidad de mi caos. La ventana de mi departamento es tan grande como mi capacidad de crear historias. A mi izquierda, mi soledad, a mi derecha, mis deseos de seguir luchando, ambos pelean por mi cariño. Susurrando a mi nuca esta la locura, la única cuerda en esta habitación. Los cuatro nos sentamos a apreciar la hermosura de la ciudad. El naranja junio es mi favorito, dice mi soledad. No nos molesta su comentario, nos molesta que crea tener una opinión. Dos más dos es cinco susurra la locura. Sólo si Dios dice que es así, repetimos todos al unísono. Esbozamos una sonrisa, las actividades triviales como esa son divertidas. Apresuremos o llegaremos tarde otra vez, nos grita la locura desde la puerta de salida. Luego de soportar que mis deseos de seguir luchando y la locura se pusieran de acuerdo, decidí dejar a la soledad sola por unas horas. Tranquila, volveré y haremos algo juntos, creeme. Me creyó. Entre las tablas de la ventana de la calle había una carta. Como siempre, mis deseos de seguir luchando se sorprendieron. Al parecer, debíamos caminar hasta el centro, de nuevo. La originalidad de esta gente se reduce cada semana. Al llegar, sonreí no por el saludo, sino porque las actividades triviales me resultan divertidas. Tal vez esa sea la razón por la que sigo pretendiendo necesitar ayuda. Eso, o mis deseos de seguir luchando me obligan a venir. Al finalizar, espere unos minutos después de que se fueran todos para hablar con Danielle. No solía hacer eso, pero esta vez lo necesitaba. Le presente a mis acompañantes, y el los saludo cordialmente. Tal vez no fue la mejor idea, pero a la locura le pareció bien. Al volver a casa, la soledad estaba colgada, de nuevo. Entre los tres decidimos bajarla y devolverla a su lugar, de nuevo. Me despedí de los chicos y entre en mi cama, necesitaba una charla con la almohada, daba buenos consejos, aunque estaba un poco vieja y quejosa ya. El sol de la tarde traía malos recuerdos, pero prefería no cerrar la ventana, por alguna razón me gustaba recordar. A medida que me adormecía, podía escuchar a mis tres inquilinos reír inocentemente, parecían divertirse. Eso, y el hecho de que mañana tampoco tendría que volver a salir fuera, hicieron que durmiera con una sonrisa.