Desperté ese día con al esperanza de que algo cambiará, con el deseo de que ese fuera un buen dia, por primera vez en muchas semanas. Mientras lavaba mi cara y me preparaba para lo que sería un día más en mi vida, casualmente decidí mirarme al espejo de el baño. Ahí estaba yo, Quinzel Akino, hijo de Haruka Akino, mi padre, y Rebecca Smith, mi madre, frente a un espejo tan alto como yo, que no era demasiado, si tenemos que ser sinceros. Estaba levemente despeinado, semi desnudó, con mi tatuaje de punto y coma ubicado en mi antebrazo tan brillante como mi negro cabello, mientras me cepillaba los dientes, a la vez que escuchaba los gritos de mi madre recordándome que llegaría tarde al colegio si me retrasaba un poco más. Decidí salir del baño, vestirme con mi uniforme y tomar el colectivo amarillo que me alejaría por unas ocho horas de la seguridad de mi hogar, no sin antes tomar mis auriculares, infantables artículos en mi día a día. Despedirme de mis padres y tomar una manzana para ir desayunando en el viaje fue lo último que hice antes de tomar el transporte público a mi colegio.
En la puerta de mi casa me esperaba, como de costumbre, nadie porque apenas tenía sólo un amigo, y al el afortunadamente lo llevaban a la escuela sus padres. El ambiente fuera de casa era el usual, casas abandonadas, policías haciendo las típicas revisiones sorpresa, el infantable olor a desesperación mezclado con odio, me traía buenos recuerdos. Al cabo de unos minutos llegó el colectivo y empezamos el recorrido hacia el colegio. Al llegar, habían 3 guardias en la puerta de entrada, al parecer el incidente del ácido fue más serio de lo que creía, habían aumentado la seguridad. El conserje nos recibió cómo de costumbre con una sonrisa y un recordatorio: la cafetería estaría cerrada el día de mañana, aún no había logrado quitar toda la sangre de las paredes y el ambiente no olía a campos de rosas, según el. Caminando hacia mi salón de clases tuve desviarme de la ruta usual ya que había una de las típicas riñas entre alumnos de primer grado en el pasillo principal, sólo que esta vez se limitaban a armas blancas, todas las armas de fuego estaban prohibidas en lugares públicos, así que debían arreglárselas para dañarse de alguna forma un poco menos violenta.
La clase de Salud transcurrió de forma normal, aprendimos como hace un torniquete con artículos de nuestra vida cotidiana. Luego tuvimos Matemática Avanzada, donde lo único que hice fueron garabatos en mi cuaderno de dibujo, luego Literatura, donde como de costumbre el profesor se la pasó mirando por la ventana relatando como era la vida antes de la Revolución, nada fuera de lo normal, y por último Educación Física, donde ocurrió algo que no me esperaba, jugamos a las escondidas.
Eso que dije era mentira, esperaba completamente que hiciéramos eso, es la única actividad física que realizamos los últimos dos meses y es lo poco que puede pagar la escuela debido a su terrible economía. Al parecer, a Crisanto le tocaba contar y buscarnos al resto del grupo, cosa que aprecie bastante de su parte, ya que sabia que yo odiaba buscar y prefería reservarse esa labor para si mismo. Me escondí dentro de un barril de combustible vacío, mientras escuchaba a Crisanto recitar todos y cada uno de los nombres de mis compañeros.
¡Piedra libre para Owen! A ver, ¿donde están chicos? ¡Te vi, piedra libre para Madeline! Vamos chicos, hagamos esto más divertido, ¡SALGAN YA! -trataba de no estallar de risa y revelar mi posición mientras escuchaba los gritos de mi mejor amigo.
Te escuche, rata casera -fue lo único que oí decirle, antes de empezar a sentir que el barril se empezaba a ladear hacia un costado. Cuando reaccione y me di cuenta de que estaba pasando, ya estaba a pocos metros de el basurero de la escuela. Un pequeño lugar donde se desechaban toda la basura, cadáveres, comida y demás desperdicios de la escuela. Crisanto, al ver esto, detuvo su búsqueda para correr a socorrerme, lo cual logro deteniendo el barril a menos de dos metros de mi posible muerte.
Tiene suerte de tenerme cerca, Quinn (Apodo de cariño que me había ganado gracias a mi nombre), no se que harías sin mi -grito mi salvador mientras me tomaba de su brazo para salir del barril.
Posiblemente moriría, o terminaría en pareja, y últimamente no se que es peor -logre decir mientras recuperaba el aliento.
Mientras reíamos de vuelta a la seguridad del patio del colegio, recibí un par de gritos de Isabella, recordándonos que el recreo ya había acabado hace un par de minutos y que debíamos volver a clases.
Mientras entrábamos de nuevo al recinto, escuchamos por los comunicadores un anuncio de el Director:
- Muy buenos días alumnos. Se les informa a los alumnos Eva Lester, Owen LanCaster, y Geneva Mason que deben presentarse inmediatamente en el salón 119 para una rectificación obligatoria. El resto del alumnado es libre de retirarse, las clases del día acaban de terminar, gracias por su atención.
Nadie sabía que era precisamente la rectificación, aunque había teorías. Algunos decían que se asesinaba a los alumnos, otros que se los interrogaba, los más arriesgados afirmaban que se los secuestraba para trabajos forzados, pero nada era seguro. Lo único cierto era que casi nadie volvía de la rectificación.
En silencio marcharon los elegidos hacia el salón 119, seguidos por 2 guardias levemente armados. Por curiosidad, y contra los consejos de Cris, decidí seguirlos por unos minutos, con la esperanza de resolver la incógnita que nos atormentaba. Cuando doblaron en una esquina hacia la izquierda, un par de brazos me jalaron dentro del salón 98, lugar abandonado al igual que decenas más debido a la explosión del '19.
No hagas ruido y observa - susurró mi captora, con un leve tono de preocupación en su voz.
Con una mezcla entre miedo y curiosidad seguí sus instrucciones, hasta que vi algo me paralizó. Era Koemi.