Afuera, el cielo llora suavemente. Con delicadeza este se encarga de mojar a todo y a todos. Dentro, en la seguridad de un hogar, se encuentra la familia, o al menos lo que ellos consideran familia. Están frente a una chimenea tan antigua como el hogar mismo, disfrutando de un poco de calor momentáneo. El padre esboza una mirada perdida, divisando como las gotas mueren contra la ventana, a la vez que aspira el humo de su cigarrillo. Ambos humos, el suyo y el generado por el fuego de la fogata, se mezclan en una danza errática e imperfecta, pero hermosa desde cierto ángulo. Su hijo mayor, su único hijo para ser más precisos, admira extasiado el fuego que les provee un ambiente que mezcla perfectamente las palabras lúgubre y hogareño. La electricidad los abandono hace meses, al igual que los intentos de salir fuera. La razón de esto es simple: su madre. Ubicada justo en la mitad de su patio trasero se encuentra una pequeña cruz de madera, cubierta estratégicamente por tres arboles pequeños para que las gotas de lluvia no la dañen. Es el último recuerdo que tienen de ella, cuando murió los abandono por completo, esa cruz señalaba su última voluntad de este lado de la vida. De vuelta en la casa, un gato se paseaba por los rincones vacíos bañados en oscuridad de su hogar. La pequeña bestia teñía su pelaje de color negro, y mostraba alguna que otra mancha blanca en su cuerpo. Al cabo de unos minutos, la mascota, si es que se la puede llamar aun así ya que ha vivido en la casa tanto como sus amos, decidió acompañarlos en su melancolía descansando sobre el regazo del padre. Los tres disfrutaban entonces de mirar la fogata que los mantenía unidos, formando una familia, una mezcla perfecta de individuos imperfectos, algo indivisible e imposible de entender. A medida que el fuego moría, también lo hacían las miradas de nuestros sujetos. El padre inhalo la última bocanada de humo, el hijo suspiro por primera y única vez en varias horas, y el gato decidió volver a su escondite, tal vez a dormir un poco más. Ninguno hablo en ese momento, pero todos entendieron que debían retirarse a continuar con sus vidas, sus aburridas, genéricas y emocionantes vidas. Todos abandonaron finalmente la chimenea, a la vez que esta los abandonaba a ellos con un triste y silencioso ademán. La noche oscurecía las calles, y la tristeza, mezclada con la melancolía, oscurecía la casa.
Invierno En Soledad
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